viernes, 24 de septiembre de 2010

GRANDES CONQUISTADORES: ALEJANDRO MAGNO (356-323 a. C.)


Hijo de Filipo II, rey de Macedonia, y de Olimpia, hija de Neoptólemo I de Epiro. A los 13 años fue puesto bajo la tutela de Aristóteles, quien sería su maestro en un retiro de la ciudad macedonia de Mieza y le daría lecciones sobre política, elocuencia e historia natural.
En 340 a. C., su padre lo asoció a tareas del gobierno nombrándolo regente, a pesar de su juventud. En el 338, dirigió a la caballería macedónica en la batalla de Queronea, siendo nombrado gobernador de Tracia ese mismo año; Alejandro contaba con sólo dieciocho años.
En el año 336 a. C., Filipo es asesinado por Pausanias, un capitán de su guardia. Alejandro tomaría las riendas de Macedonia a la edad de 20 años como resultado de una conspiración que es atribuida generalmente a una historia amorosa de Filipo pero que se sospecha pudo ser planeada por Olimpia, madre de Alejandro.
La muerte del gran Filipo supuso que toda la Grecia sometida por él se alzase en armas contra el nuevo rey ante la aparente debilidad de la monarquía macedonia. No obstante, Alejandro demostró rápidamente su destreza militar atravesando la Tesalia para someterla nuevamente (ya había sido conquistada por Filipo); acto seguido, venció a los griegos tomando y destruyendo Tebas, obligando además a Atenas a reconocer su supremacía haciéndose nombrar Hegemon, título que ya había ostentado su padre y que lo situaba como gobernante de toda Grecia.
Alejandro pretendía llevar a cabo el plan de su padre y liberar a los más de 10,000 griegos que se encontraban bajo el dominio persa en Asia Menor para incorporarlos al resto del mundo heleno. Con un ejército pequeño (unos 30,000 infantes y 5,000 jinetes), el rey macedonio se impuso invariablemente sobre sus enemigos, merced a su excelente organización y adiestramiento, así como al valor y al genio estratégico que demostró en cada batalla.
Los persas ofrecieron débil resistencia y fueron vencidos en la batalla del Gránico, a orillas del riachuelo Gránico, donde los sátrapas le hicieron frente con un ejército de 40,000 hombres comandado por el astuto Memnón de Rodas. En este combate, Alejandro estuvo cerca de la muerte, pues un persa trató de asesinarlo por la espalda, pero salvó la vida, gracias a Clito, su fiel amigo, que de un sablazo derribó al agresor.
Una contraofensiva marítima de los persas en el Egeo, al mando de Memnón de Rodas y su flota, puso en peligro a la Grecia continental, pero esta amenaza se detuvo después de la victoria de Alejandro sobre Darío III en la batalla de Issos (pequeña llanura situada entre las montañas y el mar cerca de Siria) en el 333 a. C.
El rey macedonio conquistó fácilmente Fenicia, con excepción de la isla de Tiro, debiendo mantener un largo asedio para capturarla (de enero a agosto de 332 a. C.), conocido como el Sitio de Tiro.
Dominado el Levante, Alejandro se dirigió a Egipto, en donde se hizo proclamar «Hijo de Amón», título reservado sólo para los faraones. Allí fue bien recibido por los egipcios, quienes le apoyaban por su lucha contra los persas.


La cultura del Antiguo Egipto impresionó a Alejandro desde los primeros días de su estancia en este país. Los grandes vestigios le cautivaron hasta el punto que quiso faraonizarse como aquellos reyes. La Historia del Arte nos ha dejado testimonio de estos hechos: en Karnak existe un relieve donde se ve al conquistador haciendo las ofrendas al dios Amón, como lo hace un converso.
En esa época controló las rebeliones en Anatolia y el Egeo, de tal modo que en la primavera del 331 a. C., desde Tiro, organizó los territorios conquistados. Darío, con un ejército más numeroso, decidió hacerle frente en Gaugamela a orillas del Tigris, pero apenas logró salvar su vida, ya que pese a la superioridad numérica se vio derrotado por el genio militar del joven rey macedonio. Así Alejandro con su ejército logro entrar a Babilonia quedando a las puertas del propio territorio persa.
En el año 331 a.c., el ejército panehelénico invadió Persia entrando fácilmente a su capital. En tanto, el vencido monarca persa Darío III huía hacia el interior de territorio persa en busca de fuerzas leales para enfrentar nuevamente a Alejandro.
Alejandro procedió cuidadosamente ocupando las ciudades, apoderándose de los caudales persas y asegurando las líneas de abastecimiento. De Susa pasó a Persépolis, capital ceremonial del Imperio Aqueménida, donde sucedió una terrible destrucción para después dirigirse hacia Ecbatana en persecución del derrotado monarca persa.
Darío escapó, pero fue traicionado y asesinado por sus nobles, quienes temían la rendición de su líder ante Alejandro. No obstante, esto no impdió el paso triunfal del ejército macedonio hacia la capital persa. Su victoria fue aplastante.
Con la conquista del Imperio Persa, Alejandro descubrió el grado de civilización de los orientales, a los que antes había tenido por bárbaros. Concibió entonces la idea de unificar a los griegos con los persas en un único imperio en el que convivieran bajo una cultura de síntesis. Los sátrapas en su mayoría fueron dejados en sus puestos, aunque supervisados por un oficial macedonio que controlaba el ejército.
La reorganización de aquel gran Imperio se inició con la unificación monetaria, que abrió las puertas a la creación de un mercado inmenso; se impulsó el desarrollo comercial con expediciones; también se construyeron carreteras y canales de riego. La fusión cultural se hizo en torno a la imposición del griego como lengua común (koiné). Se fundaron, además, unas 70 ciudades nuevas, la mayor parte de ellas con el nombre de Alejandría (la principal en Egipto y otras en Siria, Mesopotamia, Sogdiana, Bactriana, India y Carmania).
Tras su boda con Roxana para consolidar sus relaciones con las nuevas satrapías de Asia Central, en el 326 a. C., Alejandro puso toda su atención en el subcontinente indio e invitó a todos los jefes tribales de la anterior satrapía de Gandara, al norte de lo que ahora es Pakistán para que acudieran a él y se sometieran a su autoridad. Taxiles, gobernador de Taxila, cuyo reino se extendía desde el Indo hasta el Hidaspes, aceptó someterse pero los rajás de algunos clanes de las montañas, incluyendo los aspasioi y los assakenoi de la tribu de los kambojas se negaron a ello.
Alejandro se enzarzó en una feroz contienda contra los aspasioi en la que le hirieron en el hombro con un dardo, pero en la que los aspasioi perdieron la batalla y 40,000. Los assakenoi fueron al encuentro de los invasores con un ejército de 30,000 soldados de caballería, 38,000 de infantería y 30 elefantes; lucharon valientemente y opusieron una tenaz resistencia al invasor en las batallas de las ciudades de Ora, Bazira y Masaga, pero el resultado no les favoreció. Durante estos enfrentamientos, el ejército macedonio cometió crueles masacres.
En el 326 a. C., Alejandro cruzó el Indo, luchó y ganó la batalla del Hidaspes contra el gobernador local Poros. Tras la batalla, Alejandro quedó tan impresionado por la valentía de Poros que hizo una alianza con él y le nombró sátrapa de su propio reino al que añadió incluso algunas tierras que éste no poseía antes. Alejandro llamó Bucéfala a una de las dos ciudades que había fundado, en honor al caballo que le había traído a la India, y que habría muerto durante la contienda del Hidaspes.
Al este del reino de Poros, cerca del río Ganges, estaba el poderoso imperio de Magadha gobernado por la dinastía Nanda. Temiendo la posibilidad de tener que enfrentarse con otro gran ejército indio y cansados por una larga campaña, el ejército macedonio se amotinó en el río Hífasis, negándose a seguir hacia el este.

Este era el imperio de Alejandro al momento de su muerte

Alejandro se convenció de que era mejor dirigirse al sur. Por el camino su ejército se topó con los malios. Los malios eran las tribus más aguerridas del sur de Asia por aquellos tiempos. Durante el asalto, el propio Alejandro fue herido gravemente por una flecha en el pulmón. Sus soldados, creyendo que el rey estaba muerto, tomaron la ciudadela y descargaron su furia contra los malios que se habían refugiado en ella, llevando a cabo una masacre que no perdonó la vida de hombre, mujer o niño.
Gracias al esfuerzo de su cirujano, Critodemo de Cos, el rey sobrevivió a esa herida. Después de esto, los malios que quedaron vivos se rindieron ante el ejército alejandrino, y éste pudo continuar su marcha. Alejandro envió a la mayor parte de sus efectivos a Carmania (al sur del actual Irán) con su general Crátero, y ordenó montar una flota para explorar el Golfo Pérsico bajo el mando de su almirante Nearco, mientras que él conduciría al resto del ejército de vuelta a Persia por la ruta del sur a través del desierto de Gedrosia (ahora parte del sur de Irán y de Makrán, en Pakistán).
Alejandro dejó, no obstante, refuerzos en la India. Nombró a su oficial Peitón sátrapa del territorio del Indo, cargo que éste ocuparía durante los próximos diez años hasta el 316 a. C., y en el Panyab dejó a cargo del ejército a Eudemos, junto con Poros y Taxiles.
Pero, tras enterarse de que muchos de sus sátrapas y delegados militares habían abusado de sus poderes en su ausencia, Alejandro ejecutó a varios de ellos como ejemplo mientras se dirigía a Susa. Como gesto de agradecimiento a su labor, Alejandro pagó las deudas de sus soldados, y anunció que enviaría a los más veteranos a Macedonia bajo el mando de Crátero, pero sus tropas malinterpretaron sus intenciones y se amotinaron en la ciudad de Opis, negándose a partir y criticando con amargura la adopción de las costumbres y forma de vestir de los persas que ostentaba su líder, así como la introducción de oficiales y soldados persas en las unidades macedonias. Alejandro ejecutó a los cabecillas del motín, pero perdonó a las tropas. En un intento de crear una atmósfera de armonía entre sus súbditos persas y macedonios, casó en una ceremonia masiva a sus oficiales más importantes con persas y otras nobles de Susa, pero pocas de esas parejas duraron más de un año.
Tras viajar a Ecbatana, su amigo más íntimo y posiblemente también su amante, Hefestión, murió a causa de una enfermedad o envenenado. Alejandro lloró su muerte durante seis meses.
El 13 de junio del 323 a. C., Alejandro murió en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Le faltaba poco más de un mes para cumplir los 33 años. Existen varias teorías sobre la causa de su muerte, las cuales incluyen: envenenamiento, enfermedad (se sugiere que pudo ser la fiebre del Nilo), o una recaída de la malaria que contrajo en el 336 a. C.
El cuerpo de Alejandro se colocó en un sarcófago antropomorfo de oro, que se puso a su vez en otro ataúd de oro y se cubrió con una capa púrpura. Pusieron este ataúd junto con su armadura en un carruaje dorado que tenía un techo abovedado soportado por peristilos jónicos.
El imperio no sobrevivió a la muerte de su creador. Se desencadenaron luchas sucesorias en las que murieron las esposas e hijos de Alejandro, hasta que el imperio quedó repartido entre sus generales (los diádocos): Seleuco, Ptolomeo, Antígono, Lisímaco y Casandro. Los Estados resultantes fueron los llamados reinos helenísticos, que mantuvieron durante los siglos siguientes el ideal de Alejandro de trasladar la cultura griega a Oriente.

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